El Éxito Seguro de la Labor Evangelista
En la medida en que todos y cada uno de los discípulos de Cristo esté comprometido a contribuir
con su parte hacia la evangelización del globo, se vuelve una cuestión interesante e importante el
saber si la obra es factible. ¿No pudiera suceder que la Iglesia está intentando demasiado? La
mayor parte del mundo aún es pagana y totalmente ignorante de Dios en Cristo, y una parte
considerable de la Cristiandad nominal consiste de hombres no renovados quienes están tan
distantes del cielo como los paganos, en lo que al nuevo nacimiento se refiere.
¿Cómo puede la Iglesia en general, y el Cristiano individual, estar segura de que no están
asumiendo una labor que es intrínsecamente imposible de realizar? Ningún trabajador desea
gastar sus fuerzas en nada. Uno de los tormentos del infierno pagano era hacer rodar
perpetuamente una enorme roca montaña arriba, y tan pronto como alcanzaba la cima se
resbalaba de las manos y caía montaña abajo hasta el fondo.
Nos proponemos mencionar algunas de las razones que aseguran que la labor evangelística tendrá
éxito; que el esfuerzo de la Iglesia al predicar a Cristo crucificado ya no fracasará en su efecto,
que la lluvia no dejará de regar la tierra, y hacer que germinen las semillas que sean sembradas en
ella (Isaías 55:10).
I. Argumentamos y derivamos la certeza del éxito en la labor evangelística, en primer lugar, de
la naturaleza de la verdad Divina. Hay algo en la calidad y en las características de la
doctrina que hemos sido mandados a predicar a toda criatura que promete y profetiza un
triunfo.
Necesitamos tener en este hecho en mente si queremos ver algún fundamento de certeza para
el éxito del evangelista Cristiano. A menos que sea comisionado a enseñar algo que es
sobrehumano; algo que no tuvo origen en la esfera de la tierra y del hombre; algo que no se
encuentre en las literaturas nacionales del mundo; gastará sus fuerzas en nada. Los apóstoles
de la razón humana, los inventores de los sistemas humanos, y sus discípulos, han trabajado
por seis mil años sin cambiar radicalmente a un solo hombre individual, o convertir alguno de
los pecados y miserias de la tierra en la santidad y felicidad del cielo; y si el heraldo Cristiano
no va más allá de su esfera, y proclama las verdades de otro mundo superior, lo que va a hacer
es repetir únicamente los esfuerzos fútiles de ellos. Debemos enseñar la Palabra y los
mandamientos de Dios; una doctrina más alta que los mandamientos del hombre, una
sabiduría superior a la de cualquier pueblo, Hebreo o Hindú, Griego o Romano.
II. Argumentamos y derivamos la certeza del exito de la labor evangelística, en segundo lugar, del hecho
que Dios siente un interés especial en su propia Palabra.
Este hecho se enseña claramente en Isaías 55. “Mi palabra,” dice Dios por Su profeta, “no
volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la
envié.” Aquí se encuentra el interés personal y la supervisión personal. Estas doctrinas
relacionadas con la salvación y el destino del hombre no son enviadas desde el cielo como
mensajeras solitarias para abrirse paso de la mejor manera que puedan. La tercera Persona de
la trinidad va con ellas y ejerce una influencia a través de ellas la cual es indefinible pero tan
poderosa e irresistible dentro de su propia esfera y en su propia manera. Pues no hay corazón
humano sobre el globo cuya dureza sea impenetrable ante la operación combinada de la
Palabra y el Espíritu de Dios.
Entonces, en este hecho, encontramos un segundo fundamento de la certeza del éxito para la
empresa evangelística. Puede que usted proclame todos sus días, sus propias ideas, o aquellas
ideas de sus congéneres, pero dirá junto con Grotius, al final de una larga y dedicada carrera
que había sido dedicada exclusivamente al aprendizaje humanista: “Me he pasado la vida
haciendo, con mucho esfuerzo, nada.” Pero si ha pasado sus días enseñando al no
evangelizado y comunicándole a su oscuridad y a sus ciegos entendimientos las verdades de la
ley y el evangelio, puede decir, al final de la vida, mientras recapitula su obra, con una
conciencia más clara que la del pagano Horacio: “No moriré del todo. He levantado un
monumento más durable que el bronce. He enseñado la Palabra de Dios que vive y permanece
para siempre, a muchas almas humanas.”
La misma ley prevalece en la esfera mayor de misión que gobierna la experiencia individual.
Debe haber un alto, un dejar de ver a la criatura y un volver a contemplar, de manera
absorbente y refrescante, al Creador y Redentor. Ningún pecador obtiene paz hasta que mire
que la clemencia Divina es más grande que sus pecados. Se hallará en desesperación en tanto
que sus pecados le parezcan más grandes que la misericordia Divina. Eso precisamente
sucede con los esfuerzos por salvar las almas de los hombres. La Iglesia no será un
instrumento para evangelizar el mundo, a menos que crea que Dios el Espíritu Santo es más
poderoso que la corrupción del hombre. En tanto que la obra parezca demasiado grande para
ser realizada; en tanto que la ignorancia, el vicio, la brutalidad y la apatía de las masas
pecaminosas a nuestro alrededor parezcan insuperables por cualquier poder humano o divino;
en esa misma medida faltará una labor valiente y confiada para el bienestar humano. Ni un
solo misionero hubiese salido jamás con su mensaje de amor si su vista se hubiese apartado
de Dios y se hubiese fijado únicamente en el hombre y en su condición sin esperanza.
¿Piensa usted que los apóstoles hubiesen comenzado, desde un pequeño rincón de Palestina, a
convertir al mundo Greco-Romano a una nueva religión, si su visión hubiese estado confinada
a la tierra? Aparte del poder y de la promesa de Dios, la predicación de una religión como el
Cristianismo, a una población como la del paganismo, es el más puro quijotismo. Le lleva la
contraria a todas las inclinaciones y condena todos los placeres del hombre culpable. La
predicación del evangelio encuentra su justificación, su sabiduría, y su triunfo, únicamente en
la actitud y relación con el Dios infinito y todopoderoso que la sustenta. Es Su religión, y por
lo tanto, debe, en última instancia, llegar a convertirse en la religión universal.
W.G.T. Shedd
W.G.T. Shedd, D.D. (1820 – 1894) sirvió como pastor presbiteriano e instructor de seminario
durante tiempos tumultuosos para la iglesia Americana. Aunque sumamente destacado por su
tratado teológico, Teología Dogmática, Shedd también fue, por un tiempo, Profesor de
Literatura Inglesa, trasfondo que siempre está presente en sus escritos teológicos. El siguiente
pasaje es un extracto de Los Sermones al Hombre Espiritual de Shedd.
No hay comentarios:
Publicar un comentario